Mi violinista en el tejado toca Aladdin.Y no toca en el tejado, precisamente, sino en un vagón de Cercanías mientras voy cada mañana al trabajo. La primera vez que escuché esta pieza, medio dormida, recostada en la ventanilla y con el vaivén del vagón no la reconocí.
La segunda vez que la tocó, unos días después, me emocioné al escucharla. Me pareció tristísima, cuando en realidad no lo es tanto. Mi mente estaba ocupada pensando en una triste historia, lamentablemente real, de una niña de 6 meses que lleva un tiempo luchando por su vida en un hospital valenciano... pero ese es tema para otro post... Así que, inevitablemente, el recuerdo de Olaya y estas notas hicieron que tuviera de disimular mis lágrimas frente al resto de los viajeros.
Saqué un euro del monedero y me acerqué al músico. Le pregunté el nombre de la canción, pero no entendí su respuesta. Había parado el tren en mi estación, y fuera del vagón me esperaba la realidad en forma de reloj marcando la hora de entrada a la oficina.
La tercera vez la escuché de mejor humor, y creí reconocer a Disney pero sin lograr acordarme de la película concreta. Volví a preguntarle -y a pagar un euro...- y esta vez entendí claramente: "Aladdin song".
A partir de ese día, mi violinista de Cercanías, toca Aladdin para mi. Me sonrie y arquea una ceja, mientras coloca suavemente su instrumento roto y totalmente remendado con cinta aislante negra bajo su barbilla. Cierra los ojos, y suena Aladdin. Al acabar me mira y sonrie, y toca otra pieza diferente para el resto de la audiencia.
Y yo sigo dándole un euro. Por escuchar mi canción.
A razón de un euro por trayecto, 1 trayecto diario, 5 días en semana, 4 semanas por mes... ¿alguien me puede decir cuántos viajes tardará en sustituir su violín remendado con cinta aislante por uno nuevo?

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