Cuando era pequeña quería tener una casa en un árbol. Me daban miedo las alturas, pero quería tener una posición privilegiada desde donde no perderme ningún detalle de todo cuanto pasara a mi alrededor. Me daba miedo trepar por el tronco, de hecho era especialmente "patosa" ya acababa con las rodillas y el orgullo heridos tras cada intento. Una vez arriba, me invadía el miedo al necesario descenso (siempre he sufrido de "miedos anticipatorios", una triste herencia familiar asociado a nuestro carácter ansioso e inseguro) pero ello no me impedía plantearme el reto cada vez que salía a jugar a la huerta (porque era una huerta, lo suyo hubiera sido un pequeño jardín, pero mi padre, siempre pragmático, decidió que los tomates y las habichuelas estaban más ricas que las rosas y geranios, así que donde todos nuestros vecinos plantaban "la planta del dinero" mi padre optimizaba con una mata de pimientos morrones, que era menos "esotérico" pero a corto plazo muchísimo más sabroso.
Ahora he crecido. En el sentido más amplio de la palabra. Aquella muchacha alta y espigada parece ahora mucho más bajita y rellenita... Pero sigo deseando vivir por las alturas igualmente. Y, en cierta manera, tengo mi "casa del árbol". No subo todos los días, pero de vez en cuando dejo los tacones en el suelo y me enfilo por las alturas. Sigo necesitando un ratito para jugar. Para tomar distancia de la realidad a ras de suelo, y mirarlo todo desde otra perspectiva. Entonces me paro a pensar en cómo me veo a mi misma desde ahí. Y no siempre me gusta lo que veo. Creo que es necesario distanciarse de lo cotidiano, y tomar un momento para pensar. Ello invita a la autorreflexión, a la autocrítica. Y a veces también a relativizarlo todo, y pensar que lo que desde abajo parece muy, muy grande e importante, y pesa como una losa.... desde la casita del árbol parece mucho más insignificante, y absolutamente superable.
Os invito a todos a subir a ella, pero de uno en uno, eh? que está construida a base de unas tristes maderas recicladas, algún clavo oxidado y un montón de retales de sueños aún por cumplir. Nos llevamos una chocolatina, unos prismáticos y una jarra de "tang". Lo siento, ya sé que hoy llevaríamos un "Acuarius" pero es que mi casita del árbol sigue anclada en los años 80, y entonces merendábamos pan "bimbo" con mantequilla y chocolate y mucho, mucho tang... que además de ser lo que hoy llamaríamos "calorías vacías" y un montón de colorantes... tampoco estaba tan bueno, pero en fin... eran otros tiempos.
Y nos miramos a nosotros mismos, agobiados por el trabajo, por nuestras parejas, por nuestros hijos, por nuestros padres y suegros, por las facturas pendientes, por los kilitos de más, por la crisis que no sé si será o no será pero cuesta un ojo de la cara llenar el puñetero depósito... y nos dedicamos a tirarle piñas al insoportable de nuestro jefe e imitamos a un búho y le damos un susto a alguien que pase tranquilo y confiado... y nos rompemos las medias al bajar, y nos ensuciamos de savia de pino, que no se va después ni con agua caliente -como el Laporta del Barça- y nos echamos unas risas, como cuando éramos niños... y luego bajamos a ras de suelo a seguir cada uno con lo suyo. Pero un poco más felices.

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